Una serendipia es ...

Una serendipia es un descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado. Así que espero que lo que aquí encuentres sea afortunado y útil para tu crecimiento, además que sea inesperado pues siempre se recibe todo gratamente cuando no tienes expectativas.

24 septiembre 2015

Deseos


Para las religiones occidentales, el acto de desear --salvo que se trate de la mujer ajena-- no suele constituir de por sí un pecado. En el Zen no existe el pecado, tal como se lo entiende de este lado del mundo, pero, si lo hubiera, desear sería uno de los capitales.

En la acción de desear, para el Zen, se halla la raíz de la infelicidad humana.

Dicen que en el pecado está el castigo, y el castigo de desear --aquí sí hay una referencia occidental-- está acertadamente representado en el tormento de Sísifo.

Tal como lo ilustra el mito helénico, desear implica empujar una pesada roca hacia lo alto de una colina... sólo para verla rodar cuesta abajo al alcanzar la cima.

El desdichado proceso se repite una y otra vez, y aún así no aprendemos.

Sísifo lo hacía obligado por una espantosa condena. Nosotros lo hacemos por voluntad propia.

Sabemos que la roca regresará al mismo lugar desde donde empezamos, y sin embargo volvemos a empujarla con nuestro próximo anhelo.

Reconocer la estafa de los deseos, ver lo absurdo del inmutable ciclo que nunca termina, es el primer paso para librarnos de un vicio que en sí mismo conlleva el escarmiento.

El segundo paso para librarse del yugo de los deseos es comprender que el ego desea porque es parcial, incompleto. Su naturaleza es carente, y por lo tanto siempre deseará. Está hecho de esa manera, para impulsarnos a actuar.

Si no deseáramos, no actuaríamos. Y si no actuáramos, no habría más teatro, no habría más diversión. Así que el ego cumple una función importante en este juego.

Pero si nos identificamos con el personaje que estamos representando, si olvidamos que el teatro no es real, el juego deja de ser un juego y se transforma en un infierno de anhelos insaciables. Se convierte en el inframundo donde Sísifo cumplía su castigo.

Cuando uno toma conciencia de que está montando una comedia, puede en cualquier momento bajar del escenario y reencontrarse con el alma, con la esencia, que es total y completa.

Eso es lo que somos en realidad. Somos el actor cuando no está actuando.

Ese es nuestro verdadero lugar. Un lugar donde no existen los aplausos, ni los gritos, ni las risas ni los llantos del teatro, porque hay silencio.

Donde no existen los deseos, porque estamos conectados con la abundancia.

Donde nada necesitamos, porque lo tenemos todo.



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