Una serendipia es ...

Una serendipia es un descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado. Así que espero que lo que aquí encuentres sea afortunado y útil para tu crecimiento, además que sea inesperado pues siempre se recibe todo gratamente cuando no tienes expectativas.

19 junio 2018

Mi responsabilidad

Mi vida...y mi felicidad son mi responsabilidad..

Puede que en el pasado la inconsciencia, la rabia, el miedo que vivía en el corazón de alguien en quien confiaba haya generado sufrimiento en el mío.

Puede que me hayan ocurrido heridas tan intensas
que hayan fracturado mi corazón y borrado la sonrisa de mi rostro.

Y puede que aún esté esperando...
Una palabra, una acción, un gesto, un perdóname de aquellos que siento responsables,
incluso revancha, un castigo para los que siento culpables.

Y puede que me niegue a continuar viviendo si esto no ocurre..
Si la vida no me da mi "revancha".."si esa persona no cambia".."si no se arrepiente".

El hecho es este...
Esa persona podría cambiar o podría no hacerlo nunca,
podría arrepentirse, o podría no hacerlo nunca,
podría darse cuenta o no hacerlo.
Porque su vida y decisiones no dependen de mí ni de lo yo quiera
porque su vida y su aprendizaje no me pertenecen.

Sin embargo..
Mi corazón, mi vida, mi felicidad,
El buscar sanarme, el reconstruirme..
El aprender a amarme
El darme permiso de soltar las cargas del resentimiento
y decidir ser libre otra vez
dependen única y exclusivamente de mi.

Tal vez antes no lo sabía, no podía, no tenía la fortaleza,
me sentía atado, esclavo de lo que pasó.
Pero hoy...
Asumo mi existencia.
Tomo responsabilidad por ella.
Tomo responsabilidad por mi.
No soy más una víctima.
Soy libre de crear la vida que merezco,
de volver a sentir la felicidad que merezco,
de volver a ser el amor que siempre fui.

“...Mi vida es mi responsabilidad es un honor vivirla en libertad...”

12 junio 2018

La falsa pregunta por qué

Carmen acaba de salir del médico, le han diagnosticado una enfermedad grave, le han explicado las opciones, que apenas ha podido entender, porque está en estado de shock. La pregunta que se repite sin cesar en su cabeza es “¿por qué a mí?”.

Alberto entra en el parking del centro de la ciudad, tiene una reunión importante y llega con el tiempo justo, últimamente parece que las manecillas del reloj avanzan a toda velocidad, está estresado y agotado. Ve una plaza y aparca, según pone el intermitente y comienza la maniobra de aparcamiento, otro conductor abre la ventanilla y le grita y le insulta, acusándole de haberle ‘robado’ la plaza. Alberto, se siente herido e injustamente humillado en público; no sabe porqué le ocurren ese tipo de cosas, no es la primera vez, y se pregunta “¿por qué a mí?”.

Lourdes está planchando mientras los pequeños juegan, ha tenido una dura jornada de trabajo por la mañana, y el trabajo en casa se amontona. De repente, las voces de juego suben de nivel y cambian de tono hacia la rabia. Pelea de hermanos. Los deja un rato, esperando que ellos sepan resolver el conflicto. Pero de repente un fuerte golpe y un llanto de auxilio la asusta. Deja la plancha y va corriendo a ver qué pasa. Parece que uno de los dos se ha caído o golpeado. Vuelve al cabo de un rato, no ha sido nada, sólo un susto del más pequeño, que en la pelea se ha caído, no se ha hecho daño pero la tensión de la madre sube; el padre no llegará de trabajar hasta tarde hoy y no tiene ayuda con la casa ni los niños. Vuelve a su tarea, y ve con horror que con el susto se ha dejado la plancha sobre sus vaqueros favoritos y están completamente quemados. Se exaspera, y se pregunta “¿por qué a mí, Dios mío, por qué a mí?”.

Creo que este tipo de situaciones, y la pregunta nos es conocida. Probablemente no haya ninguna persona que no se la haya planteado alguna vez. Sin embargo, ¿qué significa realmente esa pregunta?, ¿queremos realmente saber el porqué o se trata, más bien, de una queja? Evidentemente, se trata de una queja, de una protesta. Es un “yo no me merezco esto”. Estamos considerando que la vida nos ‘castiga’, como si hubiera una especie de árbitro sádico que está deseando que estemos aún más estresados y agotados.

Probablemente este tipo de interpretación de la vida está condicionada desde muy temprano. Si eres bueno te premian, si eres malo te castigan. Si te portas bien los Reyes Magos te traen regalos, si te portas mal te amenazan con que te están viendo y no te van a traer nada: lo que, lógicamente, aparte de la mentira de los ‘Reyes’ es una mentira añadida enorme y un intento absurdo de manipulación, porque te portes como te portes, te van a traer regalos, por lo que los niños aprenden: “da igual lo que haga, al final siempre consigo lo que quiero”. Ya que les mentimos con los Reyes, podríamos separar los regalos de ninguna relación causa-efecto con su conducta.

Recuerdo en una ocasión cuando en Reyes a mis padres se les ocurrió gastarme una broma, y junto con los regalos pusieron un trozo de carbón dulce. La desolación que sentí fue absoluta, no paraba de llorar, por más que me explicaban que era dulce, y que era una broma de los Reyes, yo creía que era un castigo (porque era lo que me habían contado años anteriores), y no paraba de preguntarme “¿por qué me han traído carbón a mí?” No paraba de llorar desconsolada diciendo que yo era una niña buena (y realmente lo era). Ninguna explicación me servía porque, además, ninguna explicación era cierta. Supongo que mis padres se quedaron también desolados con mi reacción que no se habían imaginado ni remotamente, pero siempre he reflexionado, con esta anécdota, el poder tan enorme que tienen nuestras creencias en nuestras emociones. Si yo lloraba desconsoladamente era porque creía, ciegamente, que eran los Reyes quienes me habían dejado, junto con los juguetes el carbón, era evidente que habían venido, porque se habían bebido la leche y se habían comido las galletas. Pero si yo no hubiera creído en esa historia, me habría comido el carbón y la emoción hubiera sido muy diferente.

Así que, día a día, repetición tras repetición, ese aprendizaje en los primeros años de la vida, probablemente va insertando en nosotros una idea de relaciones causas-efectos ilógicas y sin sentido, y una idea de que estamos siendo premiados y castigados constantemente… Y, lógicamente, cuando en la vida nos encontramos con un trocito de carbón, nos preguntamos “¿por qué a mí?, ¡Dios mío! ¿por qué a mí?”

Si hubiera un verdadero y sincero interés científico en nuestra pregunta, indagaríamos de verdad el porqué, y seguramente nos llevaría a nuestro propio interior, a nuestra propia conducta. Podemos replantear las preguntas ‘por qué’ de otra forma, para que nos ayude un poco más: En el caso de Carmen: “¿He hecho algo en mi cuidado personal de dieta o ejercicio que haya facilitado que aparezca esta enfermedad? ¿Ha habido algunos factores coadyuvantes a su desarrollo? Independientemente de lo que el o la médico me digan, ¿puedo encontrar información fiable? ¿puedo hacer algo ahora, puedo cambiar algún hábito para ayudar a recuperar mi salud?” En el caso de Alberto: si con frecuencia me encuentro con este tipo de situaciones, “¿hay algo en mi conducta que pueda funcionar como disparador, como activador de esa agresividad ajena? ¿reprimo yo mi propia agresividad? ¿me percibo como víctima? ¿podría ser posible que otra persona me diga algo agresivamente y yo no me vea afectado emocionalmente? ¿cómo me sentiría entonces? ¿sería libre?” Y, finalmente, en el caso de Lourdes: “¿estoy cargando mi jornada con un exceso de trabajo? ¿Hay cosas que podría ‘podar’ y dejar de verlas como imprescindibles, para tener menos agotamiento? ¿Necesito realmente planchar los vaqueros? No ha habido ningún incendio con mi descuido, ¿son tan importantes los pantalones? ¿cuánto tiempo me voy a acordar de ellos, de esta anécdota? ¿puedo quemar los pantalones y reírme en lugar de sentirme víctima?”

Cada situación puede requerir una indagación diferente, pero la actitud será la misma, la de enfrentarnos con la situación con auténtica y genuina sinceridad y deseo de descubrir la Verdad. Con el deseo firme de avanzar hacia una mente más serena y una vida más plena. Incluso cuando el pedazo de carbón que la vida nos deje sea muy grande, puede haber una indagación sincera y auténtica que nos permita avanzar, con dificultades probablemente, pero avanzar. Quizá nos quejemos primero, quizá nos sintamos víctimas primero, pero quizá luego podemos pararnos y cambiar la forma de hacer la pregunta.

La pregunta “¿por qué?” puede parecer la misma, la mente, abierta o cerrada, que pregunta, es la que cambia. Preguntemos con la mente y el corazón abiertos, de esa apertura surgirá el descubrimiento liberador.

Yolanda Calvo Gómez


05 junio 2018

Un amor tan intenso como el sol de verano

No busques amor o trates de hacer que otros te amen.

Simplemente sé lo que buscas y date a ti mismo lo que anhelas que te den. Sé más amoroso, abre grande tu corazón, sin expectativas, sin necesitar algo a cambio. ¿Te lastimarán? ¿Desperdiciarás tu amor? ¿Parecerás un tonto? Sigue abriéndote y abriéndote de todos modos. Tu corazón necesita romperse algunas veces, para poder dar más amor, y al darlo, recibir. En sus roturas, la compasión se enraíza.

Aún puedes decir no. Aún puedes dibujar, redibujar o borrar los límites en el camino. Aún puedes irte, o quedarte, o nunca más volver, o volver. Pero primero te estás amando a ti mismo/a. Y a través de ese amor, amando un mundo. Sin esperar ya más a que otros te salven, o te completen, o eliminen tu dolor, y tampoco negando ya más el amor que al final, solo puedes dártelo tu mismo/a.
Ya no proteges un corazón roto tratando de cerrarlo.
Y tampoco eres un masoquista, deshonrando tus propios límites para encontrar un amor que nunca podrías encontrar fuera de tu propio corazón. Otros te decepcionarán hasta que te des cuenta de esto. El amor ve a otros como son.

El sol ha brindado su luz libremente por billones de años, deleitándose en la vida que ha traído a todos los seres; un alegre guerrero, que tiene una relación, primero y ante todo, con su propio brillo.

Jeff Foster


31 mayo 2018

Pobrezas

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen el derecho de respirar mierda,
como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres,
lo que se dice pobres
son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no saben que son pobres.

Eduardo Galeano

29 mayo 2018

Quiero

1- Quiero dejar
la trinchera de este piano y cruzar
la frontera de los sueños y llegar
al punto de partida de una realidad

2- Quiero romper
las cadenas de estas cuerdas y volar
a un mundo donde exista libertad
y la mentira se convierta en verdad

coro:
Quiero saber
si la luna es suficiente para dos
si una rosa guarda aún tu corazón
si buena excusa es un café para empezar

Quiero inventar
unos sueños que se vuelvan realidad
un corazón que no se muera de esperar
unas alas que no se cansen de volar

Quiero bailar
contigo en la tormenta hasta el final
que la meta es más fácil de alcanzar
con un café cada mañana al despertar

3- Quiero conocer
a morfeo o cupido y preguntar
si en tus sueños aun tengo un lugar
o si la historia terminó sin empezar

4- Quiero imaginar
que en un poema puedo el cáncer yo curar
que la sonrisa es el arma más letal
y que del otro lado de la luna tú estás


Valdemar Villarreal

28 mayo 2018

Dar por dar no es suficiente

En una sociedad consumista bombardeada de anuncios que seducen nuestros sentidos, si no conservamos un corazón agradecido, es difícil mantener los pies en la tierra cuando nos esforzamos y logramos obtener algo. El hecho de obtener tal o cual cosa nos hace sentir una satisfacción que nos puede llevar a una actitud soberbia con respecto a quienes no pueden alcanzar aquello que está en nuestras manos. Y no me refiero a que propiamente haya un desprecio hacia alguien un poco o un mucho mas pobre que nosotros (que desafortunadamente también se dan esos casos), sino al hecho de argumentar, enjuiciar y señalar que su condición de pobreza es a causa de su propia flojera y su falta de ambición.

Probablemente entre los pobres haya gente floja, aunque debemos decir que también entre los ricos los hay, pero como el pobre es pobre, las pedradas son mas severas. Y lo podemos ver muy claro en las actuales elecciones para presidente de México: la gente que siente que ha “logrado algo en la vida” defiende a capa y espada a aquellos candidatos que representan el beneficio a la clase alta, sea de abolengo o del sector político, y ya no se si lo hacen por esperanza de que les caiga algo o por ignorancia, pero el punto es que los apoyan; pero a quienes representen el beneficio para los de a mero abajo de la sociedad, a esos se les critica.
 
Nadie es tan pobre como para no dar

¿En qué piensa el ser humano cuando se cree “de los de arriba”? Siempre va a haber alguien que tiene más. Y sí lo sabe, lo descubre su afán por alcanzar un estatus alto. Tener tal carro, tal atuendo, vivir en tal lugar, que los hijos estudien en tal o cual colegio son medallitas que la sociedad le motiva a obtener.

Y mientras tanto los más pobres siguen siendo muy pobres. 

Y luego está el otro lado, aquel que sí está concientizado de que existe la pobreza y quiere apoyar, pero no puede porque “no tiene tanto”. El ser humano olvida que la pobreza es muy relativa, siempre va a haber alguien más pobre que otro. Si tenemos agua potable, un techo sobre la cabeza, ropa que ponernos, alimento (aunque sean frijoles, papa, arroz o maíz), y un transporte (aunque sea urbano), estamos en esa ubicación privilegiada del 15% de la población mundial. Entonces, sí podemos apoyarles.
Pero mientras nos decidimos a hacerlo, los más pobres siguen siendo extremadamente pobres.

¿Qué nos falta?
Dejar a un lado esa idea de que los pobres son pobres por flojos. Hay muchos factores alrededor de quienes están en condición de pobreza como para universalizar nuestro juicio de tal modo que nos lleve a no dar. ¿Hay pillos en los cruceros?, sí, los hay, pero eso no es una razón como para no darle a nadie.
Organizar nuestras finanzas. Separar un poco para dar. Quitar de nuestras mentes esa idea errónea de, “¿de qué servirá que dé esto”? Por muy poco que sea, será útil para aquel que no lo tiene. 

No es fácil desprenderse
Hay una historia muy conocida por la mayoría de los cristianos, es la historia del joven rico. Ese joven estaba muy entusiasmado con seguir a Jesús, se acercó a Él, le hizo saber sus intenciones y Jesús, después de escucharlo, lo retó a que antes de avanzar en su idea de seguirle, vendiera todo lo que tenía para darlo a los pobres. Seguramente recordamos en qué termina la historia: el joven se entristece porque tenía mucho y no estaba dispuesto a desprenderse de sus bienes. 

El punto no es que todos tengamos que vender lo que tenemos para poder seguir a Jesús, pero con esta historia lo que debemos aprender es que sí debemos estar dispuestos a hacerlo en el dado caso de que Jesús nos lo pidiera. Y la razón es muy sencilla, si Cristo nos llegara a pedir eso en particular, es porque tiene para nosotros un camino mucho mejor a su lado en un determinado servicio. Cuando Dios hace un llamado de tal naturaleza es porque él proveerá de lo necesario.

Dar por dar no es suficiente
Ahora, lo que Jesús le pidió al joven rico no era un asunto de dar por dar, mas bien, lo estaba invitando a que fuera congruente con la decisión que estaba tomando. Porque cuando el joven argumentó haber guardado toda la ley, por un lado debió haber entendido que ahí estaba implícito el ayudar al pobre, y por otro, debió asumir que Jesús traía otra medida aún más desafiante que guardar solo la ley, su mandato de “amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, y al prójimo como a sí mismo”, implicaba no solo dar por ser bueno y poner una “palomita” a la lista de quehaceres, sino hacerlo en el entendido de que al dar estamos llevando el amor de Dios al menesteroso.

Platicando con un siervo de Dios que constantemente ayuda a los más pobres, me comentaba cómo la gente que recibe ayuda nota la diferencia entre:
- Dar por “levantarse el cuello” haciendo propaganda política para ganar votos, como lo hacen algunos políticos.
- Dar por ser simplemente bondadoso como para verse cívicamente bien ante un organismo de beneficencia.
- Dar por el sentido de culpabilidad que hay al ser rico a expensas del abuso laboral.
- Dar porque estas convencido de que al hacerlo estás llevando el amor de Cristo.

Cualquiera de estas maneras de dar es buena para el que lo recibe, finalmente es una ayuda que necesita, pero solo la que tiene de fondo el amor de Cristo es la que lleva ese sentido profundo de no solo solucionar la pobreza material, sino la necesidad espiritual del ser humano. Y finalmente, esa cuarta opción que mencionamos que conlleva el amor de Cristo, aunque no se ve, es un asunto que se siente, y la gente que recibe la ayuda, testifica la diferencia.

Damos para que su gloria crezca

Cualquier ser humano en varios momentos de su vida se ha visto sorprendido por hechos que rebasan su previsión y control de las cosas. Hay quienes adjudican esos hechos a la suerte, otros a la inercia de su esfuerzo o a las “buenas vibras”, pero hay quienes al ver un hecho de tal naturaleza le damos gloria a Dios por lo que “milagrosamente” ha sucedido.

Algo así ocurre cuando damos al pobre. Ellos no esperan ese acto de amor y bondad que implica el dar, y al verse bendecidos, agradecen y reflejan la alegría de su corazón mínimo con una leve sonrisa. Ahí es donde como cristianos podemos declarar que lo que está recibiendo no es solo un acto de bondad, sino que es el mismísimo amor de Dios llegando a sus vidas, es donde podemos expresarles que Dios es amor y finalmente podemos compartir el evangelio. El fin de dar es llevar la gloria de Dios al necesitado, a ese que está siendo olvidado por la sociedad.

¿Qué esperamos para hacerlo?
Pregunta en tu comunidad si hay algún ministerio de ayuda. Si en tu comunidad de creyentes no hay un ministerio de misericordia que ayude a los pobres, podrías ser tú el llamado por Dios para iniciar uno.
Que tengan una generosa semana.

Davo Guzmán


23 mayo 2018

Sentirse víctima

El victimismo es una enfermedad de la inteligencia, que daña enormemente el potencial evolutivo de la humanidad.

Sentirse víctima de alguien es un actitud admisible sólo para los que son prisioneros y no gozan de libertad personal, o sea, los niños y los presos. Quien no tiene la libertad no puede ser responsable de su vida ya que alguien más posee tanto su libertad como su responsabilidad.

Al contrario para todos los demás (los que son adultos y no son prisioneros) el sentirse víctima es sólo una actitud mediocre que tiene un origen antiguo y apunta a dos principales finalidades:
1) la voluntad de manipular a los demás;
2) el no querer tomarse la responsabilidad de si mismo atribuyendo a los otros la causa de su propia miseria.

En el primer caso, los que manipulan, son gente peligrosa y tremendamente egoísta, dominadas por el miedo y el resentimiento hacia los demás. Parecen débiles pero tienen la fuerza oculta que otorga el engaño. Tienden a mentir, y cada acción tiene un sólo objetivo: asegurarse y mantener el poder. Son astutos, pero no tan inteligentes, y se apropian de la vida de los demás de forma solapada.

En el segundo caso, o sea, los que se hacen las víctimas para no tomarse la responsabilidad, son generalmente personas que han renunciado a tener el poder de su vida y se entretienen esperando a la muerte quejándose de los demás. Esta actitud bloquea su crecimiento humano dejándolos infantiles y dependientes. Tienen miedo a ser criticados, no aman enfrentar las situaciones de frente, rayando a veces en la cobardía. Es difícil enamorarse de alguien que se hace la víctima. Puedes tener compasión, lástima, pero nunca te vas a quedar encantado con una personalidad de este tipo. Generalmente todos tendemos a huir de las víctimas porque, aun si no lo sabemos, las percibimos como vampiros que se nutren de la energía de los demás.

Todos, en diferente medida, al menos en algunas ocasiones, jugamos el papel de víctimas. Es un patrón muy arraigado que se origina en todos los siglos que de varias formas fuimos esclavos, privados de las libertades fundamentales y viviendo bajo chantaje de nuestra misma supervivencia. Al final el victimismo es la estrategia cobarde de quien no tiene la fuerza y el poder de tomar su vida en sus propias manos.

Prem Dayal