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El miedo y sus senderos
Quizá por eso el verdadero viaje no terminó al bajar de la montaña. Terminó cuando entendí que algunas de las cargas mpas pesadas que llevamos los mexicanos, no van en nuestras mochilas, van en nuestro miedo.
La montaña tiene una virtud poco común: pone todo en perspectiva. Yo volví a comprobarlo luego de caminar más de 160 kilómetros en una retadora expedición alrededor del Mont Blanc.
El esfuerzo físico terminó siendo apenas una parte de la experiencia, donde lo verdaderamente desafiante no fueron los ascensos -muy demandantes físicamente-, sino los encuentros a los que nos somete la montaña, con uno mismo primero, y el montón de preguntas que aparecen cuando el ruido mental cotidiano se va desvaneciendo con los pasos.
El objetivo era rodear el pico más alto de Europa Occidental (4,805 metros) atravesando Francia, Italia y Suiza, en una de las rutas de senderismo más apreciadas del mundo, por la belleza de sus paisajes y la huella de sus historias.
Apenas hace ocho décadas esos mismo senderos en los valles de Saboya tenían un significado completamente distinto al que hoy atrae a miles de senderistas y alpinistas de todo el mundo.
Durante la Segunda Guerra Mundial eran rutas de supervivencia, en las que se organizaba la resistencia francesa contra la ocupación nazi.
Del lado italiano, muchos encontraron refugio en esas montañas para combatir al facismo. Civiles perseguidos y puostos aliados derribados, cruzaron esos mismos pasos intentando llegar a la neutralidad de Suiza.
Esos mismo caminos que hoys e recorren buscando paisajes espectaculares, durante la guerra se recorrían para salvar la vida, y esa sola idea me obligó a relativizar cualquier queja que pudiera presentarse en el camino.
Porque hubo jornadas de más de veinte kilómetros con desniveles superiores a los mil trecientos metros. Horas caminando bajo un sol intenso, calor, falta de sombra y aprendiendo a administrar cada sorbo de agua o reserva de energía.
La montala tiene una regla sencilla: Cada metro cuesta exactamente lo que tiene que costar, donde la naturaleza es tan generosa como amenazante puede ser.
Los glaciares acompañan prácticamente todo el trayecto, imposibles de ignorar. Y caminar frente a esas enormes masas de hielo produce una mezcla de admiración y angustia.
Porque hace apenas unas décadas descendían mucho más por las laderas del macizo y hoy retroceden inevitablemente con la acelarada pérdida de hielo, consecuencia del calentamiento global, provocado principalmente por la irresponsable actividad humana.
Mientras caminábamos bajo temperaturas inusualmente altas para esas montañas, los glaciares parecían recordarnos que aquello que creíamos permanentesmente, también está desapareciendo.
Guías y habitantes de la región coincidían en que éste ha sido uno de los veranos con mayor afluencia de senderistas que recuerden. Personas de todos los continentes recorríamos las mismas veredas.
Dormir en refugios en lo alto de las montañas es un aprendizaje aparte. Habitaciones compartidas, agua racionada y espacios reducidos a lo estrictamente indispensable, exponen de manera más sabia, que uno necesita mucho menos de lo que imagina.
Y ahí llegó para mí la revelación más inesperada:
Cada tarde dejábamos las mochilas en un espacio común. Carteras, pasaportes, dinero, equipo. Todo permanecía durante horas al alcance de cualquiera. Nadie vigilaba. Nadie preguntaba. Nadie desconfiaba.
Yo sí.
Varias veces regresé únicamente para comprobar que mi cartera seguía donde la había dejado. Nunca ocurrió nada. Nadie tomó algo que no le perteneciera.
Entonces entendí que el problema no estaba en el refugio, estaba en mí, o mejor dicho, en el país del que vengo.
En México hemos aprendido demasiado bien a desconfiar, antes que a confiar. Porque nos hemos visto obligados a calcular por dónde caminar, dónde estacionarnos, qué reloj usar, a qué hora sacar dinero del cajero y de qué no hablar.
Lo hemos hecho tantas veces que ya dejamos de verlo como una consecuencia de la inseguridad en la qué vivimos y lo hemos asumido como una forma normal de vivir. No lo es.
Ése fue para mí el aprendizaje más inesperado en el Mont Blanc. Yo pensaba que la palabra "resistencia" pertenecía más a la historia de esas montañas, y al final entendí que está en todos, de maneras muy distintas.
Así como está entre quienes alguna vez cruzaron esos pasos huyendo de la guerra, hoy está en una naturaleza que intenta sobrevivir al deterioro que nosotros mismos provocamos.
Está en el cuerpo cuando tiene que dar un paso más después de horas de caminata. Y también aparece cuando una sociedad aprende a convivir con el miedo hasta dejar de reconocerlo como una excepción.
Quizá por eso el verdadero viaje no terminó al bajar de la montaña. Terminó cuando entendí que algunas de las cargas más pesadas que llevamos los mexicanos, no van en nuestras mochilas. Van en nuestro miedo.
La inseguridad es una herida colectiva que ha permanecido abierta durante tanto tiempo que ya dejamos de sentir su peso. Ésa es, quizá la victoria más silenciosa y dolorosa de la violencia.
Mónica Garza
03 agosto 2026
Cambia tu cerebro cada día
El Dr. Amen, psiquiatra y especialista en trastornos cerebrales, ha dedicado décadas a estudiar el funcionamiento de nuestro cerebro. En este libro, condensa ese conocimiento en 366 lecturas diarias, una para cada día del año, incluyendo el año bisiesto. Lo que más me gusta es que no te pide que transformes tu vida en un fin de semana. En cambio, ofrece prácticas sencillas y basadas en la evidencia que se integran en tu día a día, ayudándote a "reconfigurar" tu cerebro para alcanzar la felicidad, la paz interior y el éxito. A medida que avanzaba en la lectura, comencé a notar cambios en mi energía y paciencia.
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