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14 enero 2026

Cuidar la salud mental es amar la vida

Día de la lucha contra la depresión: fe, sufrimiento y humanidad en la vida de Charles Spurgeon
Por Bernabé

El 13 de enero, Día de la lucha contra la depresión, no debería empujarnos a repetir consignas ni a ofrecer respuestas rápidas. La depresión es una experiencia humana compleja, extendida y todavía cargada de silencios, incluso en espacios de fe.

Afecta a millones de personas en todo el mundo y atraviesa edades, culturas, vocaciones y creencias.
Volver a la vida de Charles Haddon Spurgeon —predicador influyente y creyente profundamente comprometido— permite pensar la depresión sin negar la fe ni espiritualizar el sufrimiento, asumiendo con honestidad la fragilidad que también habita en quienes creen.

Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión es un trastorno mental común que impacta el estado de ánimo, la energía, la concentración y la capacidad de sostener la vida cotidiana. No se reduce a tristeza pasajera ni a falta de carácter: puede volverse persistente, incapacitante y, en casos graves, poner en riesgo la vida. Aun así, sigue siendo una de las condiciones de salud más incomprendidas y estigmatizadas, también dentro de comunidades religiosas donde, muchas veces, se espera que la fe funcione como antídoto automático contra el dolor.

Charles Spurgeon: una fe probada en la oscuridad
Charles Spurgeon es recordado como uno de los predicadores más influyentes del siglo XIX. Su voz llenó auditorios, sus sermones circularon por todo el mundo angloparlante y su legado como predicador sigue siendo estudiado hasta hoy. Sin embargo, su vida interior estuvo marcada por episodios profundos y recurrentes de depresión.

Spurgeon habló de su sufrimiento sin maquillarlo. En cartas y escritos personales reconoció haber atravesado periodos de “depresión mental espantosa”, en los que la angustia y el desaliento lo dejaban sin fuerzas para predicar ni escribir. Estas crisis no fueron aisladas ni ocasionales, sino parte persistente de su biografía adulta.

Su depresión estuvo ligada a varios factores: problemas de salud crónicos, agotamiento físico, presión ministerial y experiencias traumáticas. Una de las más conocidas ocurrió cuando tenía apenas 22 años, durante un servicio multitudinario en Londres. Un falso grito de “¡fuego!” desató el pánico en la multitud; el resultado fue una estampida que dejó varios muertos. Aunque Spurgeon no tuvo responsabilidad directa, la culpa y el impacto emocional lo persiguieron durante años y marcaron un antes y un después en su salud mental.

Cuando la fe no elimina el sufrimiento
La experiencia de Spurgeon desmonta una idea todavía presente en muchos discursos cristianos: que una fe auténtica excluye la depresión o que el sufrimiento emocional es señal de debilidad espiritual. En su vida ocurre exactamente lo contrario. Su fe no lo inmunizó contra la depresión, pero tampoco fue anulada por ella.

Spurgeon no interpretó su dolor como ausencia de Dios. Tampoco lo romantizó. Reconoció que la depresión tenía dimensiones físicas, emocionales y espirituales, y que no podía resolverse únicamente con más oración o disciplina moral. En ese sentido, su mirada resulta sorprendentemente cercana a enfoques contemporáneos que entienden la salud mental desde una perspectiva integral.
Lejos de aislarlo de los demás, su sufrimiento lo volvió más empático. Spurgeon comprendió que quien ha conocido la oscuridad interior puede acompañar con mayor verdad a otros que también la atraviesan. Para él, el ministerio no nacía de una fortaleza inquebrantable, sino de una humanidad compartida.

Depresión hoy: una realidad que sigue creciendo
Dos siglos después, la depresión continúa siendo una de las principales causas de discapacidad a nivel mundial. Los datos actuales muestran que millones de personas viven con síntomas que afectan su trabajo, sus relaciones y su vida espiritual. A pesar de los avances en diagnóstico y tratamiento, una parte importante de quienes la padecen no recibe atención adecuada, ya sea por falta de acceso, desconocimiento o estigma.

La depresión puede manifestarse de muchas formas: tristeza persistente, pérdida de interés en actividades antes significativas, cansancio extremo, dificultades para concentrarse, alteraciones del sueño o del apetito, y pensamientos de muerte. No todas las personas viven los mismos síntomas ni con la misma intensidad, lo que hace aún más necesario evitar generalizaciones y juicios rápidos.

Una respuesta cristiana más honesta
Desde una perspectiva cristiana madura, hablar de depresión exige abandonar explicaciones simplistas. La fe no reemplaza la terapia, ni la oración sustituye automáticamente el acompañamiento profesional. Tampoco la depresión invalida la fe de quien la padece.

Una respuesta responsable incluye, al menos, tres dimensiones:
Comunidad que acompaña. Las iglesias y espacios de fe están llamadas a ser lugares donde se pueda hablar del sufrimiento sin miedo a ser juzgados, y donde la presencia sea más importante que las respuestas.
Ciencia y cuidado profesional. Buscar ayuda psicológica o psiquiátrica no es un fracaso espiritual. Es una forma concreta de cuidar la vida, el cuerpo y la mente que Dios nos ha dado.
Espiritualidad que no niega la fragilidad. La oración, la lectura bíblica y la vida espiritual pueden sostener, consolar y dar sentido, pero no deben usarse para silenciar el dolor ni para culpabilizar a quien sufre.

Spurgeon entendió algo que aún cuesta asumir: la fe no elimina la vulnerabilidad humana, pero puede ofrecer un marco para atravesarla con dignidad, acompañamiento y esperanza realista.

La vida de Charles Spurgeon nos recuerda que incluso quienes predican con convicción, escriben con profundidad y creen con sinceridad pueden experimentar la depresión. No como una anomalía, sino como parte de la condición humana.

En este Día de la lucha contra la depresión, la invitación no es a repetir frases tranquilizadoras, sino a cultivar una compasión informada, una fe menos triunfalista y comunidades capaces de acompañar el dolor sin negarlo. Porque cuidar la salud mental también es una forma concreta de amar la vida.



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