La idea es sencilla, pero dice mucho:
Todas las personas tienen una mesa en su vida.
En las mesas correctas, cuando llegas, alguien mueve una silla sin que lo pidas.
Te hacen espacio.
Te miran.
Te integran.
Tu presencia se siente natural, cómoda, bienvenida.
Todas las personas tienen una mesa en su vida.
En las mesas correctas, cuando llegas, alguien mueve una silla sin que lo pidas.
Te hacen espacio.
Te miran.
Te integran.
Tu presencia se siente natural, cómoda, bienvenida.
Pero también existen las otras mesas.
Las que te dejan de pie.
Las que te hacen sentir de más.
Las que parecen evaluarte para decidir si mereces quedarte.
Las que te dejan de pie.
Las que te hacen sentir de más.
Las que parecen evaluarte para decidir si mereces quedarte.
Y aquí viene la parte incómoda:
Cuando tienes que pedir tu lugar una y otra vez, esperar o hacerte chiquita para encajar… no es culpa tuya.
Simplemente no es tu mesa.
No te quedes luchando por espacios donde te tratan como un extra.
No insistas donde tu presencia incomoda.
Busca los lugares donde tu presencia suma.
Tu silla sí existe.
Solo falta que te sientes en la mesa correcta.
Cuando tienes que pedir tu lugar una y otra vez, esperar o hacerte chiquita para encajar… no es culpa tuya.
Simplemente no es tu mesa.
No te quedes luchando por espacios donde te tratan como un extra.
No insistas donde tu presencia incomoda.
Busca los lugares donde tu presencia suma.
Tu silla sí existe.
Solo falta que te sientes en la mesa correcta.

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