Tenemos casas más grandes pero menos familia;
más amenidades, pero menos tiempo;
Tenemos más títulos, pero menos sentido común;
Tenemos más conocimiento, pero menos juicio;
Somos más expertos, pero tenemos más problemas;
Tenemos más medicinas, pero menos salud;
Hemos ido hasta la Luna y regresado,
pero es un problema cruzar la calle
y presentarnos a nuestro vecino.
Hemos construido más computadores que les quepa
más información para producir más copias que nunca,
pero tenemos menos comunicación;
Nos hemos extendido en cuanto a cantidad,
pero cortos en calidad.
Estos son los tiempos de las comidas rápidas
pero de lenta digestión;
Hombre alto pero de poco carácter;
Altas ganancias pero pobres relaciones.
Es una época en la que hay mucho en la ventana,
pero nada en la habitación.
Dalai Lama
Una serendipia es ...
Una serendipia es un descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado. Así que espero que lo que aquí encuentres sea afortunado y útil para tu crecimiento, además que sea inesperado pues siempre se recibe todo gratamente cuando no tienes expectativas.
17 marzo 2011
16 marzo 2011
El ataque de corazón espiritual
El corazón del tío Tom era muy débil y el médico le había aconsejado que tuviera mucho cuidado. De modo que, cuando sus familiares se enteraron que el tío había heredado mil millones de dólares de un pariente difunto, tuvieron miedo de comunicarle la noticia, no fuera a ser que le ocasionara un ataque al corazón.
Así pues, pidieron ayuda al párroco, el cual les aseguró que él encontraría el modo de decírselo. "Digame Tom", le dijo el Padre Murphy al anciano cardiópata, "si Dios, en su misericordia, le enviara mil millones de dólares, ¿qué haría usted con ellos?"
Tom pensó unos instantes y dijo sin el menor asomo de duda: "Le daría a usted la mitad para la iglesia, Padre"
Al oirlo, el Padre Murphy sufrió un repentino ataque al corazón.
Cuando el próspero empresario sufrió un ataque al corazón, debido a sus esfuerzos por fomentar su imperio industrial, resultó fácil hacerle ver su codicia y su egoísmo. Cuando el párroco sufrió un ataque al corazón por promover el Reino de Dios, fue imposible hacerle ver que se trataba de codicia y de egoísmo, aunque fuera en una forma más aceptable. ¿Había estado realmente promoviendo el Reino de Dios o a sí mismo? El Reino de Dios no necesita ser promovido, sino que él mismo fluye espontaneamente sin necesidad de nuestra anhelante ayuda. ¡Mucho ojo con nuestra ansia, que puede revelar nuestro egoísmo! ¿O no?
Anthony de Mello
(El canto del pájaro)
Así pues, pidieron ayuda al párroco, el cual les aseguró que él encontraría el modo de decírselo. "Digame Tom", le dijo el Padre Murphy al anciano cardiópata, "si Dios, en su misericordia, le enviara mil millones de dólares, ¿qué haría usted con ellos?"
Tom pensó unos instantes y dijo sin el menor asomo de duda: "Le daría a usted la mitad para la iglesia, Padre"
Al oirlo, el Padre Murphy sufrió un repentino ataque al corazón.
Cuando el próspero empresario sufrió un ataque al corazón, debido a sus esfuerzos por fomentar su imperio industrial, resultó fácil hacerle ver su codicia y su egoísmo. Cuando el párroco sufrió un ataque al corazón por promover el Reino de Dios, fue imposible hacerle ver que se trataba de codicia y de egoísmo, aunque fuera en una forma más aceptable. ¿Había estado realmente promoviendo el Reino de Dios o a sí mismo? El Reino de Dios no necesita ser promovido, sino que él mismo fluye espontaneamente sin necesidad de nuestra anhelante ayuda. ¡Mucho ojo con nuestra ansia, que puede revelar nuestro egoísmo! ¿O no?
Anthony de Mello
(El canto del pájaro)
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15 marzo 2011
La vida fluye
Deja que la vida fluya significa sencillamente:
a) Aceptar lo que traiga cada momento como algo que era inevitable que sucediera,
b) haciendo lo que creamos que debemos hacer en cada momento y
c) sin agobiar innecesariamente nuestra mente con una carga de conceptualizaciones sobre lo que pueda suceder o no en un futuro incierto.
a) Aceptar lo que traiga cada momento como algo que era inevitable que sucediera,
b) haciendo lo que creamos que debemos hacer en cada momento y
c) sin agobiar innecesariamente nuestra mente con una carga de conceptualizaciones sobre lo que pueda suceder o no en un futuro incierto.
14 marzo 2011
El cambio se puede dar a cualquier edad
Por Matthieu Ricard |
A un renombrado psicoanalista francés se le preguntó acerca de Ingrid Betancourt, la política franco-colombiana que fue secuestrada mientras realizaba su campaña en Colombia: “¿Pueden seis años de detención en condiciones extremas alterar la personalidad de alguien?”. Su respuesta fue: “No. Después de los veinticinco años tu personalidad ya se fija.” De manera personal, fue alrededor de los veinticinco años que realmente comencé a cambiar. Esto fue también el caso en muchos de los meditadores que tomaron parte en las investigaciones: comenzaron a experimentar cambios desde el momento en que se comprometieron seriamente en el proceso del entrenamiento mental a través de la meditación.
¿Hasta que grado podemos entrenar nuestra mente para que trabaje de una manera constructiva, capaz de reemplazar la obsesión con bienestar, agitación por calma, odio por bondad? Hace veinte años, era casi universalmente aceptado por los neurocientíficos, que el cerebro tenía un número determinado de neuronas desde el nacimiento y que este número no cambiaba con las experiencias. Hoy sabemos que nuevas neuronas se producen hasta el momento mismo de la muerte y hablamos de “neuroplasticidad”, un término que toma en cuenta el hecho de que el cerebro evoluciona continuamente en relación con nuestra experiencia y que un entrenamiento en particular, algo como aprender a tocar un instrumento musical o un deporte, puede traer consigo un cambio profundo. La atención plena, el altruismo y otras cualidades humanas básicas pueden ser cultivadas de la misma manera y podemos adquirir la metodología que nos permita realizar esto.
Una de las grandes tragedias de nuestros tiempos es el que subestimamos nuestra capacidad de cambio. Los rasgos de nuestro carácter se perpetúan en tanto no hagamos nada para mejorarlo y continuemos tolerando y reforzando nuestros hábitos y patrones: pensamiento tras pensamiento, día tras día y año tras año.
13 marzo 2011
12 marzo 2011
Bambú Japonés
No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego. También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada, y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece!
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla Constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.
Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.
En la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que este requiere tiempo.
Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
Es tarea difícil convencer al impaciente que solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.
De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante.
En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que -en tanto no bajemos los brazos -, ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos-, sí está sucediendo algo dentro nuestro: estamos creciendo, madurando.
Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.
El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación. Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.
Tiempo… Cómo nos cuestan las esperas, qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos…Apuramos a nuestros hijos en su crecimiento, apuramos al chofer del taxi…nosotros mismos hacemos las cosas apurados, no se sabe bien por qué…
Perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés…¿Para qué?
Te propongo tratar de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación.
Si no consigues lo que anhelas, no desesperes… quizá solo estés echando raíces….
![]() |
| Photo by David Robledo |
Nota: A mis primos David y Leah que están en Japón, y están bien, mis oraciones están con ustedes, sé que ustedes harán la diferencia con la gente que los rodea.....
La mayoría de las fotos de David Robledo son en Japón... y la de hoy es de un bosque de bambús de Japón.
11 marzo 2011
Servicio desinteresado
Una vez un joven se enamoró con locura de alguien que no correspondía a su afecto. Su condición era tan angustiante que era incapaz de pensar en nada más. No encontraba alegría en ninguna cosa. Estaba fuera de sí. Al final, uno de sus amigos le habló de un mago que vivía en las afueras del pueblo. El joven fue directamente allí e imploró al mago su ayuda.
El mago tenía ojos oscuros. Brillaban con una luz no natural. Le dijo:
- Si en verdad quieres que te ayude, tienes que seguir mis instrucciones al pie de la letra.
- ¡Lo haré! -gritó el joven- ¡Haré cualquier cosa! Sólo quiero superar este sentimiento horrible.
- Entonces -dijo el mago-, no debes decir una sola plegaria durante cuarenta días, ni siquiera durante una crisis. Ni debes obedecer a Dios de ninguna manera. No hagas ninguna buena acción por nadie en la tierra. Sobre todo, no debes mencionar el nombre de Dios ni dar voz a ningún tipo de buena intención. Si sigues estas instrucciones escrupulosamente, podré configurar una poca de magia para lograr tu propósito.
El joven realmente quería superar esa enfermedad de infatuación y amor no correspondido. Así que hizo todo lo que el mago le dijo. A los cuarenta días, regresó a la oscura y misteriosa cabaña donde vivía el mago y pagó una gran cantidad de dinero, todo lo que tenía por un talismán. Pero no funcionó.
- No seguiste mis instrucciones -le dijo el mago con aspereza-. Algo bueno ha surgido de ti en los últimos cuarenta días.
- ¡No hice nada! -protestó el joven-. ¡Lo juro! Anduve los cuarenta días sin pensar en Dios. A nadie le hice ningún buen servicio. No dije una sola palabra amable. Me abstuve de realizar ninguna acción sagrada. Huí de cualquier cosa que se acercara a la bondad. Te doy mi palabra.
- Piensa, hijo, piensa. Debes haber hecho algo, alguna cosa insignificante. De lo contrario, este talismán te habría funcionado.
El joven movió la cabezá. Repasó los cuarenta días, pero no había nada, nada que él pudiera pensar que hubiera roto el conjuro.... a menos qué.... De pronto dijo:
- ¿Podría ser? Un día que caminaba por la calle hacia mi trabajo, tropecé con una piedra. Y pensé: "Mejor la quito del camino, para que otro no se tropiece y caiga".
- ¡Ah! ¡Ésa es una buena acción! -dijo el mago, y su voz se puso más severa-. No ridiculices a ese Dios, cada uno de cuyos mandamientos pasaste por alto durante cuarenta días y, sin embargo, cuya generosidad no permitió que esta pequeña acción se desperdiciara.
Esas palabras prendieron fuego en el corazón del joven. Ardió tan alto, que consumió su vieja infatuación en un instante y un nuevo estado de amor por Dios empezó a arder dentro de él. Se fue a su casa y siguió con la practica de su oficio de herrero, ocultando el milagro que había cambiado su vida. Cada día ganaba un dinar. Cada noche, le daba su ganancia a los pobres. Pero su corazón estaba pleno y su felicidad era perfecta.
Puesto que ese estado se encuentra al alcance de todos, Baba Muktananda ofrece este consejo invaluable: "Trabaja tan desinteresadamente como las nubes que hacen caer la lluvia. Lleno de concentración, contento y disciplina, con gran alegría y soltura, desempeña tu trabajo diario. Aquieta tu mente; no tengas temor. Nunca invites a la ira. Realiza tus tareas asignadas para complacer al Señor."
Cuando puedes aceptar la voluntad divina, también eres capaz de entregarte por completo a cada pequeña acción en tu vida. Cada una de éstas se convierte en una floración fragante, se vuelve digna de respeto, y Dios se agrada de ti. Hay una gran dicha en el servicio desinteresado. Al experimentar humildad, la mente se vuelve flexible y el corazón se expande con amor. Al experimentar respeto, el corazón se expande aún más y las limitaciones empiezan a eliminarse. Al realizar una buena acción por otro ser humano, con una actitud de desinterés y servicio, su ser entero se llena de una alegría sobrenatural. Swami Chidvilasananda
(Mi Señor ama un corazón puro)
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