es sólo en ese lugar donde puedo
libremente expresar con mis ojos,
mis manos,
mis palabras
todo ese amor que de frente me es imposible hablar.
Si tú supieras la tormenta que has traído a mi interior,
antes pradera en dulce calma.
Grandes vientos y lluvias tempestuosas
que han sacudido hasta lo más profundo
de mi ser y mi alma.
No se diga el momento en el cual cruzamos las miradas
y por accidente voluntario rozas mi piel,
la cual responde erizada por completo
junto con mi corazón queriendo salir de mi pecho.
Mi cuerpo en ese momento no obedece indicaciones,
parece rebelarse ante mi sensatez y restricciones.
Se ha hecho adicto poco a poco a tus amores,
y mi corazón en huelga está
por no poder tomar el mando de mis acciones.
¿Quién te dio permiso de entrar así a mi vida?
¿Acaso tocaste la puerta?
No lo hiciste, te colaste poco a poco sin prisa,
paso a paso indefenso, cual sutil ladrón, invadiendo.
Sin darme cuenta te permití entrar,
y no sólo te limitaste a pasar.
Caminaste haciendo tuyos cada espacio y mi pensar.
Aún no dominas todo, queda mi vida, mi tiempo y futuro.
Debo andar con cuidado y no mis llaves soltar,
cuidarme de este inquilino que
sin permiso en mi corazón ha decidido acampar.
Tengo mis armas,
se defenderme,
ojalá no te decidas de una vez a poseerme.
Que no sé si resista una vez desarmada;
no, se que no podría,
harías tuya para siempre mi mirada.
Adriana Rodríguez Chávez

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