Les digo la cruda verdad:
No fui yo quien lo superó.
No fui yo quien lo superó.
No; algo más vasto que yo mismo me sacó adelante. Algo misterioso y amoroso me sostuvo y me ayudó a atravesarlo.
Cuando mi cuerpo estaba totalmente agotado, cuando mi mente era una niebla aterradora, cuando ya no quedaba energía, voluntad ni fuerzas propias a las que recurrir, cuando no me quedaba nada que dar, algo más profundo que el esfuerzo personal me sostuvo. Me dio aliento.
Era, y es, la Presencia silenciosa que susurra: «Nunca te dejaré, nunca te abandonaré».
Es la llama piloto, siempre encendida.
Es pura Gracia, simple y llanamente: nos sostiene en la oscuridad cuando nosotros no podemos sostenernos a nosotros mismos.
Este fue el gran descubrimiento de mi enfermedad: en lo más profundo del abismo, más allá de lo que creía poder soportar —y más allá incluso de eso—, la presencia divina ya estaba allí.
No estás solo en la oscuridad, amigo; nunca estás solo en la oscuridad.
No estás solo en la oscuridad, amigo; nunca estás solo en la oscuridad.
Jeff Foster

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