El amor es un espejo sagrado. Hará que todos nuestros aspectos no satisfechos y no procesados salgan a la superficie para que respiremos.
No se trata de un error que se deba erradicar, sino de un camino espiritual en sí mismo: el desvelamiento y la digestión de nuestros traumas más profundos en un espacio seguro de amor.
Cuando estamos dominados por el ego, con su narcisismo, tratamos de hacer que los demás encajen en nuestras estrechas expectativas sobre ellos. Fantaseamos con su perfección. O nos obsesionamos con sus defectos. O planeamos nuestra huida, pensando en pasar a un modelo mejorado, o en estar solos, lejos de esa mirada penetrante de la intimidad. Tal vez esperamos que algún día encontremos a alguien que cumpla con todas nuestras expectativas.
Pero el control no es amor. Y el amor no es control. Por eso el ego no puede amar. En un espacio de Presencia, ya no se trata de cambiar o arreglar a nadie. Se trata de aceptarlos completamente en el momento presente, tal como son. Y permitir que nos acepten a nosotros también. Y que nos vean. Iluminados por la luz del amor.
El amor es una profunda aceptación mutua, en nuestra plenitud: nuestra luz y nuestra sombra, nuestros defectos, nuestras dudas y vulnerabilidades, nuestra debilidad, nuestro poder e incluso nuestro miedo al amor mismo.
Amar verdaderamente significa encontrarse verdaderamente, sin intentar cambiar al otro. El amor, entonces, trae la muerte del ego y la posibilidad de una verdadera sanación.
Jeff Foster
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