El arte de vivir es, sobre todo, el arte de acertar en nuestras constantes elecciones. Si un marino es bueno cuando domina el arte de gobernar su barco, del hombre también se podrá decir que es bueno cuando domina el arte de gobernar su propia vida. El marino necesita conocer la nave y conocer la mar, y también saber a dónde quiere llegar y por qué rutas. Paralelamente, si el hombre quiere sacar el máximo partido de su libertad, debe conocerse y conocer la realidad, saber qué es lo mejor que puede hacer y elegir los medios oportunos.
Es propio de la libertad tender puentes hacia el futuro. Puentes desde lo que soy hacia lo que quiero ser. Pero lo que quiero ser, todavía no es. ¿Cómo puedo, entonces, dirigirme hacia lo que todavía no es? El verbo prever es la respuesta. Prever significa ver lejos (procul videre), anticipar el porvenir (pro videncia). Y de esas raíces latinas surge la palabra prudencia: el arte de dar los pasos oportunos para conseguir lo que todavía no tengo.
La prudencia es un obsequio difícil de poseer, porque el gobierno más difícil es el gobierno de uno mismo. Supone colocar y mantener a la razón en el vértice de una pirámide donde se amontonan las libertades, los deberes, las responsabilidades, los sentimientos, los gustos, las afinidades, las manías, las rarezas, las aficiones: toda una fauna difícil de gobernar.
La caprichosa evolución del lenguaje ha hecho que la prudencia pueda ser identificada con dos de sus corrupciones: el apocamiento y la astucia ruin. Pero, en su origen, prudencia designaba la cualidad máxima de la inteligencia, el arte de elegir bien en cada caso concreto, una vista excelente para ver bien en las situaciones más diversas, una difícil puntería capaz de apuntar en movimiento y acertar sobre un blanco también movil: la vida misma.
El hombre prudente es reflexivo, pues aunque el no y el sí son breves de decir, a veces se deben pensar mucho. Así sentencia Marco Aurelio: "prudencia quiere decir atención a cada cosa y ningún tipo de descuido".
Pedir consejo es propio del que aspira a conducirse con prudencia. Confucio lo recomienda vivamente: "¿Cómo puede haber hombres que obren sin saber lo que hacen? Yo no querría comportarme de ese modo. Es preciso escuchar las opiniones de muchas personas, elegir lo que ellas tienen de bueno y seguirlas; ver mucho y reflexionar con madurez sobre lo que se ha visto".
(555 Joyas de la sabiduría)
Una serendipia es ...
Una serendipia es un descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado. Así que espero que lo que aquí encuentres sea afortunado y útil para tu crecimiento, además que sea inesperado pues siempre se recibe todo gratamente cuando no tienes expectativas.
07 noviembre 2011
06 noviembre 2011
Cantar hasta morir
Esta canción me recordó HOY que siempre hay esperanza y todo se puede superar... cantando hasta morir... me encantó
Enjoy!!
05 noviembre 2011
La camisa
Paco de 8 años, entró en su casa, después de clase, pisoteando fuerte. Su padre, que se dirigía al fondo, al verlo entrar, lo llamó para hablar. Paco lo acompañó desconfiado.
Antes que su padre dijera algo, Paco dijo irritado:
- "Papa, estoy con muchísima rabia. Joaquín no debió haberme hecho lo que hizo."
Su padre, un hombre sencillo pero sabio, escuchaba a su hijo mientras este seguía con su reclamo.-
- "Joaquín me humilló delante de mis amigos. -¡Me gustaría que le pasase algo malo!"
El padre escuchó todo callado mientras caminaba buscando una bolsa de carbón. Llevó la bolsa hasta el fondo y le dijo a Paco:
"- Hijo, quiero hacerte una propuesta. Imaginemos que aquella camisa blanca que está en el tendedero es tu amigo Joaquín y que cada trozo de carbón es un pensamiento malo que tu le envías. Quiero que tires todo ese carbón en la camisa, hasta el último trozo y dentro un rato vuelvo para ver como quedó."
Al niño le pareció un divertido juego, la camisa estaba colgada lejos y pocos trozos acertaban al blanco. El padre que miraba todo, le preguntó:
"- Hijo, ¿cómo estás ahora?- Estoy cansado, pero feliz porque acerté muchos trozos de carbón en la camisa."
El padre miró a su hijo, que no entendía la razón de aquél juego, y dijo:
"- Ven, quiero que veas una cosa."
El hijo fue hasta el cuarto y se miró en un gran espejo.
¡Que susto! Paco solo conseguía ver sus dientes y ojos. Su padre, entonces, le dijo:
"- Viste que la camisa casi no se ensució.... pero fíjate en ti mismo. Las cosas malas que deseamos a los otros son como lo que te pasó a ti. Aunque consigamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos de esos se quedan siempre en nosotros mismos."
A veces no vemos las manchas en nuestra camisa cuando nos ponemos frente al espejo. Pero si observamos bien, nuestro rostro refleja amargura, enojo contenido, irritabilidad. Las marcas del resentimiento, la falta de perdón y el deseo de venganza se verán en nuestros gestos, y palabras. No hay satisfacción que dure en la venganza. Uno termina peor que aquel o aquella a quien deseaba hacer sentir mal o dar su merecido.
No somos tampoco buenos jueces y sobrestimamos nuestras heridas sobre las que sufren los demás. Esto es más fácil decirlo, pero solo cuando lo hemos vivido nos damos cuenta de nuestro error. Ojala no tengamos que envejecer tanto como para mirar mejor el sendero que transitamos.
Antes que su padre dijera algo, Paco dijo irritado:
- "Papa, estoy con muchísima rabia. Joaquín no debió haberme hecho lo que hizo."
Su padre, un hombre sencillo pero sabio, escuchaba a su hijo mientras este seguía con su reclamo.-
- "Joaquín me humilló delante de mis amigos. -¡Me gustaría que le pasase algo malo!"
El padre escuchó todo callado mientras caminaba buscando una bolsa de carbón. Llevó la bolsa hasta el fondo y le dijo a Paco:
"- Hijo, quiero hacerte una propuesta. Imaginemos que aquella camisa blanca que está en el tendedero es tu amigo Joaquín y que cada trozo de carbón es un pensamiento malo que tu le envías. Quiero que tires todo ese carbón en la camisa, hasta el último trozo y dentro un rato vuelvo para ver como quedó."
Al niño le pareció un divertido juego, la camisa estaba colgada lejos y pocos trozos acertaban al blanco. El padre que miraba todo, le preguntó:
"- Hijo, ¿cómo estás ahora?- Estoy cansado, pero feliz porque acerté muchos trozos de carbón en la camisa."
El padre miró a su hijo, que no entendía la razón de aquél juego, y dijo:
"- Ven, quiero que veas una cosa."
El hijo fue hasta el cuarto y se miró en un gran espejo.
¡Que susto! Paco solo conseguía ver sus dientes y ojos. Su padre, entonces, le dijo:
"- Viste que la camisa casi no se ensució.... pero fíjate en ti mismo. Las cosas malas que deseamos a los otros son como lo que te pasó a ti. Aunque consigamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos de esos se quedan siempre en nosotros mismos."
A veces no vemos las manchas en nuestra camisa cuando nos ponemos frente al espejo. Pero si observamos bien, nuestro rostro refleja amargura, enojo contenido, irritabilidad. Las marcas del resentimiento, la falta de perdón y el deseo de venganza se verán en nuestros gestos, y palabras. No hay satisfacción que dure en la venganza. Uno termina peor que aquel o aquella a quien deseaba hacer sentir mal o dar su merecido.
No somos tampoco buenos jueces y sobrestimamos nuestras heridas sobre las que sufren los demás. Esto es más fácil decirlo, pero solo cuando lo hemos vivido nos damos cuenta de nuestro error. Ojala no tengamos que envejecer tanto como para mirar mejor el sendero que transitamos.
04 noviembre 2011
¿Cuál es tu valor?
El joven se acercó al maestro en búsqueda de un poco de sosiego:
- Maestro, -le dijo al viejo- me siento inseguro, nada me resulta como yo quiero. Todos me dicen que soy un tonto y que no sirvo para nada. Sólo me critican, sin valorar lo que hago. ¿Me podrías ayudar?
- Ahora no me es posible muchacho -respondió el anciano-. Tengo mis propios problemas. Más bien ayúdame tú a mí a vender este anillo.
El muchacho recibió la sortija de mala gana pensando que una vez más sus necesidades pasarían a un segundo plano.
- Escucha, -dijo de nuevo el anciano- ve al mercado y ofrécelo, pero de ninguna manera lo vendas por menos de una moneda de oro.
El joven ofreció el anillo a muchas personas.
La mayoría lo desdeñaba con desprecio, unos pocos se reían y escasamente alguno llegaba a mostrar interés.
Alguien le propuso venderlo por dos monedas de plata y un candelabro de bronce, lo cual representaba menos de la mitad de lo que el maestro quería.
El muchacho llegó a la conclusión que el viejo estaba loco, y que esa gran suma que pedía únicamente podría ser el resultado de un alto valor emocional.
Dejando de lado esos razonamientos, el joven persistió haciendo lo mejor para ayudar al anciano, no obstante la tarea le parecía cada vez más difícil.
Desanimado, decidió regresar y contarle al viejo lo acontecido:
- Hice lo posible, pero aun los que parecían ser los más expertos no ofrecían una cantidad ni siquiera cercana a la que tú pides -contó el joven-.
- Tal vez tienes razón. Quizás no conozco su verdadero valor -replicó el maestro-. ¿Por qué no lo llevas donde el joyero y se lo muestras? No lo vendas por ninguna cantidad, sólo cuéntame lo que opina.
Renegando por la terquedad del anciano, el joven llevó la alaja al joyero.
Después de observarla detenidamente un rato, éste le dijo:
- Ésta es una verdadera joya. Dile al maestro que le doy 58 monedas de oro, en realidad puede costar hasta setenta, pero, si tiene prisa, ésa es mi oferta.
Cuando el muchacho, entusiasmado, le contó al viejo, éste tranquilamente respondió:
- Tú eres como una joya valiosa: Si te sientes mal no es porque los demás no te valoren, sino porque tú mismo no te valoras lo suficiente.
Cree en tu valor y en el de lo que haces. Quienes no se percatan de lo que vales lo hacen por ignorancia.
Si actúas sólo por buscar la aprobación de los demás te sentirás frustrado y vacío. Cree en ti y así encontrarás tu propia joya.
- Maestro, -le dijo al viejo- me siento inseguro, nada me resulta como yo quiero. Todos me dicen que soy un tonto y que no sirvo para nada. Sólo me critican, sin valorar lo que hago. ¿Me podrías ayudar?
- Ahora no me es posible muchacho -respondió el anciano-. Tengo mis propios problemas. Más bien ayúdame tú a mí a vender este anillo.
El muchacho recibió la sortija de mala gana pensando que una vez más sus necesidades pasarían a un segundo plano.
- Escucha, -dijo de nuevo el anciano- ve al mercado y ofrécelo, pero de ninguna manera lo vendas por menos de una moneda de oro.
El joven ofreció el anillo a muchas personas.
La mayoría lo desdeñaba con desprecio, unos pocos se reían y escasamente alguno llegaba a mostrar interés.
Alguien le propuso venderlo por dos monedas de plata y un candelabro de bronce, lo cual representaba menos de la mitad de lo que el maestro quería.
El muchacho llegó a la conclusión que el viejo estaba loco, y que esa gran suma que pedía únicamente podría ser el resultado de un alto valor emocional.
Dejando de lado esos razonamientos, el joven persistió haciendo lo mejor para ayudar al anciano, no obstante la tarea le parecía cada vez más difícil.
Desanimado, decidió regresar y contarle al viejo lo acontecido:
- Hice lo posible, pero aun los que parecían ser los más expertos no ofrecían una cantidad ni siquiera cercana a la que tú pides -contó el joven-.
- Tal vez tienes razón. Quizás no conozco su verdadero valor -replicó el maestro-. ¿Por qué no lo llevas donde el joyero y se lo muestras? No lo vendas por ninguna cantidad, sólo cuéntame lo que opina.
Renegando por la terquedad del anciano, el joven llevó la alaja al joyero.
Después de observarla detenidamente un rato, éste le dijo:
- Ésta es una verdadera joya. Dile al maestro que le doy 58 monedas de oro, en realidad puede costar hasta setenta, pero, si tiene prisa, ésa es mi oferta.
Cuando el muchacho, entusiasmado, le contó al viejo, éste tranquilamente respondió:
- Tú eres como una joya valiosa: Si te sientes mal no es porque los demás no te valoren, sino porque tú mismo no te valoras lo suficiente.
Cree en tu valor y en el de lo que haces. Quienes no se percatan de lo que vales lo hacen por ignorancia.
Si actúas sólo por buscar la aprobación de los demás te sentirás frustrado y vacío. Cree en ti y así encontrarás tu propia joya.
03 noviembre 2011
El conocimiento es palabras, la sabiduría es experiencia
"La otra noche estaba leyendo una pequeña historia de Arabia.
Un hombre murió. Tenía diecisiete camellos y tres hijos y dejó un testamento en el que, cuando fue abierto y leído, se decía que la mitad de los camellos eran para el primer hijo, una tercera parte para el segundo y una novena para el tercero.
Los hijos estaban desconcertados. ¿Qué hacer? Diecisiete camellos: la mitad era para el primer hijo. ¿Cortar un camello en dos? Y eso tampoco resolvería mucho, porque la tercera parte era para el segundo. Eso tampoco sería de mucha ayuda, pues la novena parte era para el tercero. Tendrían que matar a casi todos los camellos.
Como era de esperarse, fueron a hablar con el hombre más informado de la ciudad: el Mulá, el experto, el erudito, el matemático. Él meditó largamente en este asunto y se esforzó, pero no pudo encontrar ninguna solución, porque las matemáticas son las matemáticas. Les dijo: "Nunca he dividido camellos en mi vida, todo esto parece una tontería. Pero ustedes tendrán que cortarlos. Tienen que hacerlo si quieren seguir el testamento con exactitud; tienen que dividirlos". Los hijos no estaban dispuestos a cortar los camellos, ¿qué harían ahora? Entonces alguien les sugirió: "Es mejor que vayan a hablar con alguien que sepa de camellos, y no de matemáticas".
Así que fueron a consultarle al jeque de la ciudad, un hombre de edad y sin educación, pero a quien la experiencia le había dado sabiduría. Los hijos le contaron su problema. El viejo se echó a reír. Les dijo: "¡No se preocupen. Es muy simple!". Les prestó uno de sus camellos. Ahora había dieciocho camellos y entonces los dividió. Nueve camellos le fueron entregados al primer hijo, que estuvo muy satisfecho. Seis camellos le fueron entregados al segundo -una tercera parte-, y también quedó muy satisfecho. Y dos camellos le fueron entregados al tercero -la novena parte-, y se sintió igualmente satisfecho. Quedó un camello, el mismo que el jeque les había prestado. Tomó su camello y les dijo: "Pueden irse".
La sabiduría es práctica; el conocimiento es poco práctico. El conocimiento es abstracto, la sabiduría es terrenal; el conocimiento es sólo palabras, la sabiduría es la experiencia".
Osho
Un hombre murió. Tenía diecisiete camellos y tres hijos y dejó un testamento en el que, cuando fue abierto y leído, se decía que la mitad de los camellos eran para el primer hijo, una tercera parte para el segundo y una novena para el tercero.
Los hijos estaban desconcertados. ¿Qué hacer? Diecisiete camellos: la mitad era para el primer hijo. ¿Cortar un camello en dos? Y eso tampoco resolvería mucho, porque la tercera parte era para el segundo. Eso tampoco sería de mucha ayuda, pues la novena parte era para el tercero. Tendrían que matar a casi todos los camellos.
Como era de esperarse, fueron a hablar con el hombre más informado de la ciudad: el Mulá, el experto, el erudito, el matemático. Él meditó largamente en este asunto y se esforzó, pero no pudo encontrar ninguna solución, porque las matemáticas son las matemáticas. Les dijo: "Nunca he dividido camellos en mi vida, todo esto parece una tontería. Pero ustedes tendrán que cortarlos. Tienen que hacerlo si quieren seguir el testamento con exactitud; tienen que dividirlos". Los hijos no estaban dispuestos a cortar los camellos, ¿qué harían ahora? Entonces alguien les sugirió: "Es mejor que vayan a hablar con alguien que sepa de camellos, y no de matemáticas".
Así que fueron a consultarle al jeque de la ciudad, un hombre de edad y sin educación, pero a quien la experiencia le había dado sabiduría. Los hijos le contaron su problema. El viejo se echó a reír. Les dijo: "¡No se preocupen. Es muy simple!". Les prestó uno de sus camellos. Ahora había dieciocho camellos y entonces los dividió. Nueve camellos le fueron entregados al primer hijo, que estuvo muy satisfecho. Seis camellos le fueron entregados al segundo -una tercera parte-, y también quedó muy satisfecho. Y dos camellos le fueron entregados al tercero -la novena parte-, y se sintió igualmente satisfecho. Quedó un camello, el mismo que el jeque les había prestado. Tomó su camello y les dijo: "Pueden irse".
La sabiduría es práctica; el conocimiento es poco práctico. El conocimiento es abstracto, la sabiduría es terrenal; el conocimiento es sólo palabras, la sabiduría es la experiencia".
Osho
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02 noviembre 2011
¿Hay vida antes de la muerte?
Sabiendo que es inevitable, muchos nos negamos a integrar la muerte como algo natural en el hecho de vivir.
Pensamos tan poco en la muerte que tenemos que poner un día en el calendario para acordarnos de ella.
Tan alejados estamos de la vida que olvidamos que hay muchas maneras de morir… o de no vivir:
Cada vez que te encierras en ti mismo
Cada vez que permites que te maltraten
Cada vez que dices sí cuando quieres decir no
Cada vez que guardas una sonrisa o un abrazo
Cada vez que no tomas responsabilidad de tu vida
Cada vez que renuncias a poner en práctica tus sueños
Cada vez que te olvidas de compartir con otros tu tiempo y tus riquezas
Cada vez, en definitiva, que no te amas y no amas a los demás pierdes una ocasión de celebrar la vida y trascender la muerte, pues el amor que se da no se pierde.
El siguiente cuento de Anthony de Mello nos habla de la vida y la muerte…
Pensamos tan poco en la muerte que tenemos que poner un día en el calendario para acordarnos de ella.
Tan alejados estamos de la vida que olvidamos que hay muchas maneras de morir… o de no vivir:
Cada vez que te encierras en ti mismo
Cada vez que permites que te maltraten
Cada vez que dices sí cuando quieres decir no
Cada vez que guardas una sonrisa o un abrazo
Cada vez que no tomas responsabilidad de tu vida
Cada vez que renuncias a poner en práctica tus sueños
Cada vez que te olvidas de compartir con otros tu tiempo y tus riquezas
Cada vez, en definitiva, que no te amas y no amas a los demás pierdes una ocasión de celebrar la vida y trascender la muerte, pues el amor que se da no se pierde.
El siguiente cuento de Anthony de Mello nos habla de la vida y la muerte…
Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.
El Maestro se limitaba a sonreír sin dar una sola respuesta. Cuando, más tarde.
Los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo, él replico:
- ¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?
- Pero ¿hay vida después de la muerte o no la hay?, insistió un discípulo.
- ¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión! – replico enigmáticamente el Maestro.
Elisenda Pallas
Los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo, él replico:
- ¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?
- Pero ¿hay vida después de la muerte o no la hay?, insistió un discípulo.
- ¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión! – replico enigmáticamente el Maestro.
Elisenda Pallas
01 noviembre 2011
Pedir por alguien más
"Estad quietos y sabed que yo soy Dios"
Tienes una línea directa con tu creador, ¿sabes cuál es? ¡La oración! Nos enseñaron a orar desde que eramos niños. Pero estoy seguro que muchos ya olvidamos las oraciones de gratitud que solíamos memorizar en nuestra infancia.
Por lo general, una oración común es más para pedir y menos para agradecer. Recuerdo que leí una oración que decía: "Dios, por favor dame paciencia ¡pero dámela ya!" Parece que en este mundo de Yeh dil maange more (el corazón quiere más), Dios se ha vuelto tan sólo un proveedor y un buzón de reclamaciones. Muchas oraciones tienen el típico "Dios, ¿por qué me hiciste esto a mi?"
Cada quien pide por sí mismo y no hay problema de hacerlo. Si no has orado últimamente, tienes que empezar. Y sí, no hay nada malo en pedirle cosas a Dios. Todo lo que pidas con un corazón sincero se te dará en abundancia. Pero tienes que pedirlo.
Esto me recuerda la historia de un niño que caminaba con su padre. En el camino vio una piedra enorme y el niño decidió quitarla. Trató con todas sus fuerzas hasta que se dio cuenta de que era demasiado pesada. Finalmente volteo a decirle a su padre: "Por favor, ayúdame a quitar esta piedra"
El padre sonrió y dijo: "He estado a tu lado todo el tiempo, si lo hubieras pedido antes".
La oración es una forma de liberar al factor Aladino que tienes dentro. Aladino tenía una lámpara, pero tenía que pedir los deseos -no se le concedieron solitos. La oración es una forma de pedirle a Dios. Pero sólo por este día orarás de forma desinteresada, lo harás por alguien más.
Por experiencia, he observado que cuando alguien más pide por ti se vuelve realidad mucho más rápido de lo que tardaría normalmente. Esa es la magia de pedir por alguien más. Cuando lo haces estás haciéndolo sin un motivo egoísta y por esa razón es muy efectivo.
¿Por quién orarás? Mira a tu alrededor y encontrarás la respuesta. Hay millones en el mundo, las personas que no tienen, los hambrientos, los despojados, los que no tienen qué vestir y que ni siquiera saben que deben orar. Hay tanta gente enferma que necesita la piedad de Dios. ¡Sería muy bueno que les hicieras una pequeña recomendación!
La mejor forma de oración es la que viene del instinto y está más allá de las palabras. Cuando vas a cruzar una calle y un coche se acerca a ti, tu mente no forma una oración, "Por favor, muévete, se acerca el coche..." Inmediatamente te manda un impulso que te jala hacia atrás. De igual manera, la forma de oración más grande se hace a través de los sentimientos y no de las palabras. Observarás el efecto a medida que ores más y más.
Orar por los demás es una de las cosas más nobles que podemos hacer. Representa nuestra voluntad de añadir valor a la vida de otros y justamente de eso se trata la vida. Esa oración también hace que te des cuenta de qué afortunado y bendecido eres. De hecho, una oración honesta es muy poderosa.
Abhishek Thakore
Tienes una línea directa con tu creador, ¿sabes cuál es? ¡La oración! Nos enseñaron a orar desde que eramos niños. Pero estoy seguro que muchos ya olvidamos las oraciones de gratitud que solíamos memorizar en nuestra infancia.
Por lo general, una oración común es más para pedir y menos para agradecer. Recuerdo que leí una oración que decía: "Dios, por favor dame paciencia ¡pero dámela ya!" Parece que en este mundo de Yeh dil maange more (el corazón quiere más), Dios se ha vuelto tan sólo un proveedor y un buzón de reclamaciones. Muchas oraciones tienen el típico "Dios, ¿por qué me hiciste esto a mi?"
Cada quien pide por sí mismo y no hay problema de hacerlo. Si no has orado últimamente, tienes que empezar. Y sí, no hay nada malo en pedirle cosas a Dios. Todo lo que pidas con un corazón sincero se te dará en abundancia. Pero tienes que pedirlo.
Esto me recuerda la historia de un niño que caminaba con su padre. En el camino vio una piedra enorme y el niño decidió quitarla. Trató con todas sus fuerzas hasta que se dio cuenta de que era demasiado pesada. Finalmente volteo a decirle a su padre: "Por favor, ayúdame a quitar esta piedra"
El padre sonrió y dijo: "He estado a tu lado todo el tiempo, si lo hubieras pedido antes".
La oración es una forma de liberar al factor Aladino que tienes dentro. Aladino tenía una lámpara, pero tenía que pedir los deseos -no se le concedieron solitos. La oración es una forma de pedirle a Dios. Pero sólo por este día orarás de forma desinteresada, lo harás por alguien más.
Por experiencia, he observado que cuando alguien más pide por ti se vuelve realidad mucho más rápido de lo que tardaría normalmente. Esa es la magia de pedir por alguien más. Cuando lo haces estás haciéndolo sin un motivo egoísta y por esa razón es muy efectivo.
¿Por quién orarás? Mira a tu alrededor y encontrarás la respuesta. Hay millones en el mundo, las personas que no tienen, los hambrientos, los despojados, los que no tienen qué vestir y que ni siquiera saben que deben orar. Hay tanta gente enferma que necesita la piedad de Dios. ¡Sería muy bueno que les hicieras una pequeña recomendación!
La mejor forma de oración es la que viene del instinto y está más allá de las palabras. Cuando vas a cruzar una calle y un coche se acerca a ti, tu mente no forma una oración, "Por favor, muévete, se acerca el coche..." Inmediatamente te manda un impulso que te jala hacia atrás. De igual manera, la forma de oración más grande se hace a través de los sentimientos y no de las palabras. Observarás el efecto a medida que ores más y más.
Orar por los demás es una de las cosas más nobles que podemos hacer. Representa nuestra voluntad de añadir valor a la vida de otros y justamente de eso se trata la vida. Esa oración también hace que te des cuenta de qué afortunado y bendecido eres. De hecho, una oración honesta es muy poderosa.
Abhishek Thakore
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